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17 septiembre 2013

El hilo invisible

Ha sido extraño… Y maravilloso… Verlo ahí dentro por primera vez con la sensación de que no era la primera… Era como si le conociera, como si le reconociera… Porque era un poco yo sin ser yo… Era como si una parte de mi se hubiera escapado de mi para siempre para estar allí dentro, para luego estar fuera. Y sin embargo era como si estuviésemos unidos por un hilo invisible…

Y ella… Ella estaba preciosa.
 

21 agosto 2013

Haciendo honor a su nombre

Más allá de las almenas del castillo de Tabernas se extendía el paraje desértico homónimo y, a sus pies, revoloteaba un bello libelúlido del género Sympetrum, probablemente. El calor era asfixiante pero iba a merecer la pena…


Íbamos a emprender el descenso hacia el pueblo cuando un águila culebrera (Circaetus gallicus) comenzó a acercarse vertiginosamente hacia la fortaleza. Mayúscula fue nuestra sorpresa cuando vimos que, haciendo honor a su nombre, llevaba en el pico un ofidio que bien podría ser una culebra de escalera (Rhinechis scalaris). Majestuosa, la rapaz viró hacia el sol y se perdió más allá de nuestras pupilas deslumbradas.



Imágenes recortadas y retocadas en PhotoShop

23 julio 2013

Borrosu

Borrosu. Mitad borrón, mitad osu. Ahí donde en la foto se ve un borrón, yo les aseguro que hay un oso pardo (Ursus arctos).


En un rincón del Parque Natural de Somiedo (Asturias) pudimos ver al plantígrado dos veces en una tarde. En la primera ocasión, yo le vi durante un segundo y tres décimas (décima arriba, décima abajo). En la segunda, durante unos diez segundos.

Pese al deleite, el sabor del recuerdo es sólo agridulce. Las decepcionantes instantáneas que capté pudieron optar a ser mejores pero tuvieron que conformarse con la mediocridad.

Pasadas ya varias semanas del glorioso momento, propiciado sin ningún atisbo de duda por Borja y Juanjo, queda la satisfacción de que muchos pudieron disfrutar del osu gracias a nuestro telescopio, aunque fuera durante un puñado de décimas de segundo. Y eso deja huella.

 


Fotografía del oso recortada y retocada con PhotoShop

08 julio 2013

A la sombra de un almendro

El destino ha hecho que el rincón haga de nuevo un hueco al allozar familiar… Un asunto funesto nos hizo ayer descubrir que la vida siempre se abre camino. Aunque un vencejo (Apus apus) descansa, de momento, como la Eloísa de Jardiel Poncela, una caja nido, otrora olvidada, hervía de vida a la sombra de un almendro (Prunus dulcis). 

Apostábamos que los nuevos propietarios del nido serían herrerillos (Cyanistes caeruleus) pero una espera frente a él dejaba patente que estábamos equivocados. Mis queridos carboneros (Parus major) eran los afortunados padres de los pollos de nuestra caja. 

11 junio 2013

Los abejarucos del allozar

Vivir en un palacete a las afueras de Madrid tiene muchas ventajas... Una de ellas es acercarte, en menos de un cuarto de hora, a alguna de las tierras de la familia de la señora de la casa. Y si esa tierra, hogar de almendros (Prunus dulcis), es sobrevolada por mis queridos abejarucos (Merops apiaster), la ventaja se convierte en deleite.

A la sombra de un olivo (Olea europaea) se hizo más cómoda y discreta el principio de una investigación de nidos y posaderos que espero dé sus frutos con el tiempo. Mientras tanto, me llevo en la mochila este trío de fotos y el eco de uno de los más bellos reclamos.


02 junio 2013

Garabatos

Camino a casa, un escribano montesino (Emberiza cia) se perfilaba en el lienzo del atardecer. Quien sabe si su silueta a contraluz, a contraocaso, se posó para dar fe de un crepúsculo garabateado con imaginación y creatividad, deseoso de dejar atrás el humo del miedo y de la tristeza. 

18 mayo 2013

Los aspavientos de un ebrio

a mi abuelo
dice el mochuelo: “voy, voy, voy…”

Nunca lo había visto tan cerca y la emoción llevó a que mis brazos empezaran a hacer aspavientos, a la vez que detenía el coche a escasos metros de él. Quizás si hubiera mantenido mis nervios a raya habría tenido la oportunidad de hacerle a aquel mochuelo (Athene noctua) la fotografía que rememora mi retina y no la que cuelgo. No pudo ser. Voló más allá de la valla y se agazapó en una roca salpicada de musgo. 

Es lo que tienen las rapaces nocturnas… Me emborrachan, me embriagan.



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13 mayo 2013

El señor de Andújar II

a señor Iván


A veces, la vida te da sorpresas… 

Seguro que allí no iba a haber nada… El canto de un único pájaro atrajo mi atención… Me propuse buscarlo con la mirada cuando lo vi. Estaba en la otra orilla de aquel río, a un puñado de metros. Ni prismáticos, ni telescopio. Se veía a simple vista. No me refiero al vulgar pájaro que ya había volado de mi mente sino a nuestro ilustre felino.

No acertaba a decirle dónde estaba. Las palabras trastabillaban sin remedio. Mi ayuda brilló por su ausencia pero ella no tardó en verlo también.


La elegancia del lince (Lynx pardinus) nos embrujó. Hacía tres horas que lo habíamos visto por primera vez. Tres horas bastaron para que mutase la ecuación. La distancia que nos separaba de él era muchísimo menor, nos deleitó durante mucho más tiempo y mi corazón bombeaba a endiablada velocidad.


Sus ojos se cruzaron con los nuestros. Sé que nos vio, no albergo duda alguna. Era como si no le importase en absoluto. Siguió caminando lentamente, encaramándose a alguna roca, salvando algún tronco caído. Y río abajo desapareció.


Una pareja salió a nuestro encuentro. Caminaban río arriba. ¿Lo habéis visto? ¿Habéis visto al lince? Y casi no me creí cuando con una sonrisa articulé un monosílabo: sí.

07 mayo 2013

El señor de Andújar I

Ella juraba y perjuraba que lo había visto… Al acercar los prismáticos a sus ojos, apareció ante ella. Yo lo buscaba incesantemente con el telescopio. Ella no me sabía dar referencia alguna de donde estaba, no acertaba a indicarme junto a que encina (Quercus ilex) caminaba en aquel pequeño gran rincón de la sierra de Andújar.


Ella juraba y perjuraba que lo había visto. Su mirada desconsolada chocaba con mi incredulidad. Los votos matrimoniales no me obligaban a creerla, creo. Y por más que quisiera, y la quisiera, no la creía.

Miró de nuevo con los prismáticos y un destello de ilusión brilló en las lentes bajo aquel sol jienense. Allí estaba de nuevo… Porque era verdad. Verdad había sido minutos antes y lo era de nuevo. Y entonces, como Santo Tomás, me convencí y le pedí disculpas. Allí estaba el lince ibérico (Lynx pardinus), el señor de Andújar.


Ojalá hubiera estado más cerca…

Y, a veces, la vida te da sorpresas…

26 abril 2013

A lomos de Job

Estaban por todas partes… En los lomos de los ñues azules (Connochaetes taurinus), en los cuellos de las jirafas (Giraffa camelopardalis), en las cabezas de los hipopótamos (Hippopotamus amphibius). Los picabueyes (Buphagus sp.) estaban por todas partes.

Una cameloparda de Serengeti llevaba a cuestas a un picabueyes piquigualdo (Buphagus africanus) y, algo más abajo, a uno piquirrojo (Buphagus erythrorhynchus).


Otra compañera era agraciada con la compañía de dos juveniles de picabueyes piquirrojo (Buphagus erythrorhynchus).


También pudimos ver a algunos de ellos caminando por un sendero, protagonizando escenas de corte cómico, dando quizás un respiro a los grandes mamíferos.


No está tan claro que la relación que comparten con sus anfitriones sea puro mutualismo. Si bien es verdad que se alimentan de sus parásitos, todo parece indicar que hacen leña del árbol caído y no dudan, por ejemplo, en hurgar en heridas y captar algo de sangre. Sea como fuere, aunque fueran las almas más caritativas del universo africano, se me antojan pesados, cansinos, frente a la estoica y admirable paciencia de sus hospedadores. 

15 abril 2013

El picudo de la pinza

Caía la noche. La sopa esperaba en la mesa pero habría de seguir esperando. La señora de la casa había descubierto un posible gorgojo de las malvas (Lixus angustatus) hacía unos segundos. El picudo curculionido se aferraba a una pinza de la ropa que había quedado olvidada en el tendedero horas antes. Como en casos anteriores, una vez terminada la sesión fotográfica, el gorgojo tuvo que abandonar el patio y, por ende, la casa. La señora dice siempre que si ha de elegir entre sus plantas y esos bichos inmundos que las asolan, la balanza se inclina hacia las primeras. Bueno… No lo dice pero lo deja meridiano que, para el caso, es lo mismo.

12 abril 2013

La hipnótica cameloparda

Serengeti nos dejó también los alargados recuerdos de las jirafas (Giraffa camelopardalis). Las de largas pestañas nos deleitaron durante el safari y, de hecho, su poder hipnótico provocó que fuéramos víctimas de un hurto por no atender nuestras pertenencias debidamente… Pero bueno, eso es otra historia…

05 abril 2013

Kijani na nyeusi

Serengeti no es sólo la llanura sin fin. Es imposible evocar su recuerdo sin vislumbrar algunos árboles y matorrales desperdigados.

Famosas son sus cinematográficas mgungas (Acacia tortilis) que alternaban con bellos troncos retorcidos cuya especie desconozco.


También desconocida es la especie de este ejemplar de Cisticola, primo hermano de nuestro buitrón (Cisticola juncidis).


Bastante singular nos pareció el árbol de las salchichas (Kigelia africana) cuyas hojas, flores y frutos parecen pirrar a muchos vecinos del lugar.


Entre sus asiduos parroquianos se encuentra al parecer el bulbul naranjero (Pycnonotus barbatus), de oscura careta como el turaco enmascarado (Corythaixoides personata).


Sombrío antifaz llevaba el alcaudón dorsigris (Lanius excubitoroides) y tenebroso disfraz vestía el alcaudón pío (Urolestes melanoleucus).


Algo de sombra ocular tenía el cucal cejiblanco (Centropus superciliosus) y negra era la ojera del sisón senegalés (Eupodotis senegalensis).


Como negro era el lomo de aquel chacal (Canis mesomelas) que se nos quedó mirando aquel día en Serengeti.

 

03 abril 2013

La corza volante

Restaban algunos minutos de la tarde de Viernes Santo para que hiciera su aparición el búho real (Bubo bubo) cuando inmortalicé una hembra de ciervo volante, digo de corzo volante (Capreolus capreolus), que cruzaba el cortado como una exhalación. Es ver la foto y acordarme de la banda sonora de E.T. 

01 abril 2013

Parches, remiendos y libertad

El pasado Viernes Santo, cumpleaños del artífice del trío de instantáneas que cuelgo hoy, se estiró como un chicle y nos brindó muchos momentos para el recuerdo…

En lo alto de la Muela, una cruz de piedra parecía recordarnos qué día era. Más allá de ella, se extendía un inmenso mapa de cultivos, caminos y pueblos; de parches y remiendos.


No me entusiasman en demasía las vistas panorámicas pero allí todo parecía diferente. Disfruté como un niño corriendo y recorriendo el borde del abismo, girando como las manecillas del reloj hacia un pasado perdido, vislumbrando un futuro cercano que olía, que sabía al concepto más puro de libertad.