05 julio 2011

MicroARNs etológicos

Un diamante mandarín (Taeniopygia guttata) gorjea alegremente entre cabriola y cabriola. Lo hace, no obstante, lejos de la Australia de sus ancestros. Sin saberlo, está siendo objeto de una investigación. No es, sin embargo, ajeno a todo... De repente, su actitud cambia al escuchar el canto de otro diamante. Se le antoja desconocido. Frena en seco su aparente actividad ociosa y permanece quieto, expectante. Las plumas de su cabeza sufren una piloerección. Congelemos ese instante... Es el momento de que emprendamos una pequeña excursión, una pequeña incursión al cerebro de nuestro amigo.


Nos encontramos en la región encefálica responsable del procesamiento del canto. La escucha del inesperado canturreo ha desencadenado un cambio en el metabolismo celular; el perfil de expresión de la célula se ve modificado. Los niveles de algunos ARNs mensajeros aumentan; los de otros disminuyen. No es la única variación que va a acontecer. Se requiere una regulación ultrafina... Los microARNs entran en juego, comportándose como eficientes moduladores de sus hermanos mayores, los mensajeros. Hasta el momento, se ha visto que la región de ADN que sirve como molde para originar a uno de los citados moduladores se encuentra en su cromosoma sexual Z. En nuestro macho, existen dos copias del gen. En el de una hembra, hallaríamos sólo una.

Los sutiles cambios en la expresión génica derivan, en último término, en una respuesta al medioambiente, al misterioso canto en este caso concreto. Una respuesta que, sorprendentemente, es además dependiente del sexo. Minutos después, nuestro protagonista se ha familiarizado con la nueva cantiga, se ha quedado con la copla. Aliviado, vuelve a su alegre rutina.



Información tomada de: Eurekalert
Imágenes tomadas de: Adaptative Radiation y The Goodson-Kingsbury Lab (Indiana University)

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