15 febrero 2013

Tierra de baobabs II

Tarangire no es sólo una sabana seca salpicada con baobabs (Adansonia digitata) que guardan agua celosamente en su tronco. Su río homónimo discurre por el parque y es lugar de reunión de cebras de Burchell (Equus burchelli), ñúes (Connochaetes taurinus) y elefantes (Loxodonta africana), un trío omnipresente durante todo el safari.

 
Precisamente varios paquidermos captaron nuestra atención en múltiples ocasiones. Fue espectacular verlos alimentarse, caminar o enlodarse a un puñado de metros.

 
 

En las orillas del Tarangire o en pequeños remansos de agua pudimos ver limícolas como la cigüeñuela común (Himantopus himantopus), el archibebe fino (Tringa stagnatilis), el correlimos menudo (Calidris minuta) y el correlimos tridáctilo (Calidris alba).


No sólo limícolas disfrutaban de la cercanía del líquido elemento. Un par de agapornis cabecinegros (Agapornis personatus) bebía ávidamente de un charco y un ave martillo (Scopus umbretta) nos veía pasar con el todoterreno, apostado en una piedra.


De manera curiosa nos miraban un pequeño dic dic de Kirk (Madoqua kirkii) y una de las numerosas y elegantes jirafas (Giraffa camelopardalis) del parque.


Tampoco nos quitaba ojo un macho de avestruz (Struthio camelus) que parecía buscar algo para echarse al buche, aunque no tengan, buche me refiero. Menos desafiante se mostraba una hembra cercana.

 

También de cuellos llamativos, aunque no por su longitud, nuestro objetivo captó una pintada común (Numida meleagris) y un francolín gorgiamarillo (Francolinus leucoscepus).


Otras aves fotografiadas fueron el avefría armada (Vanellus armatus), la tórtola senegalesa (Streptopelia senegalensis) y una hembra de toco piquinegro (Tockus nasatus).


Especialmente bonito me pareció el papamoscas plateado (Empidornis semipartitus). No puedo decir lo mismo de la carraca lila (Coracias caudata). Para más inri, a ésta le faltaba parte de la cola.


Tierra de baobabs, tierra de contrastes. Tarangire legó, a nuestro álbum, recuerdos grandes, como este impresionante termitero o este ejemplar de eland (Tragelaphus oryx)…


… y diminutos como los bellos abejarucos chicos (Merops pusillus).

11 febrero 2013

Tierra de baobabs I

Parece que nunca iba a ver la luz pero aquí está, por fin, la crónica por capítulos de nuestra luna de miel en Tanzania…

El primer día estuvimos en el Parque Nacional de Tarangire, tierra de baobabs (Adansonia digitata).


Bajo uno de ellos, pudimos ver un antilope de agua (Kobus ellipsiprymnus). En otro estaba posado un ejemplar de halconcito africano (Polihierax semitorquatus).


Las ramas de otros baobabs eran también estupendos posaderos para un juvenil de buitre moteado (Gyps rueppellii) y para una rapaz que bien podría ser un águila culebrera (Circaetus cinereus).


No fueron las únicas rapaces que avistamos. También posada se encontraba un águila rapaz (Aquila rapax), o quizás esteparia (Aquila nipalensis), lo desconozco. En la copa de una acacia, un buitre orejudo (Torgos tracheliotus) se reunía con un compañero.


En el cielo africano se recortaba un águila pomarina (Aquila pomarina) mientras que fue un deleite ver caminar a un elegante secretario (Sagittarius serpentarius).


Minutos antes habíamos fotografiado a una hembra de impala (Aepyceros melampus) bajo una acacia. Más tarde, Tarangire nos reservaba a dos machos poniéndose a prueba…


Lo poco gusta y lo mucho cansa. Es la sensación que tuve con el omnipresente estornino soberbio (Lamprotornis superbus). Más discreto era, sin embargo, el cenizo (Lamprotornis unicolor).


También pudimos fotografiar al piapiac (Ptilostomus afer), al alcaudón culiblanco (Eurocephalus rueppelli) y al bubú fúnebre (Laniarius funebris).


Muy pronto, la segunda parte de Tarangire. Mientras tanto, me despido con nuestros parientes más cercanos: los papuinos oliva (Papio anubis) y los cercopitecos verdes (Cercopithecus aethiops).

05 febrero 2013

Improvisando

No me gusta nada improvisar pero, al parecer, es lo que funciona cuando nos juntamos mi cuñado y yo. Acostumbrados a no ver nada cuando maquinamos un plan pajarero, en la víspera de San Blas, decidimos poner rumbo a Fresno de Torote, o quizás a Daganzo, sin hacer siquiera caso a Marta la del GPS, que acabó hablando sola, infructuosamente… 

A duras penas, el fortísimo viento que asolaba la fresneda dejaba volar a los numerosos milanos reales (Milvus milvus) que surcaban el cielo. En los momentos en los que amainaba, los páridos jugueteaban entre las invernales ramas perseguidos por nuestro objetivo. Fue así como conseguí la hasta ahora mejor foto de mi querido carbonero (Parus major). Contento, aunque insatisfecho, picaré más alto para sustituirla por otra mejor… 


Lo que no se nos pasó por la cabeza fue lo fácil que nos iba a resultar ver avutardas (Otis tarda) ese día. Nos adentramos con el coche en un camino y, al cabo de unos minutos, varias cabezas asomaban entre los cultivos. Elegimos la mejor ubicación para observarlas e hicimos unas cuantas holoturiografías. 


Salimos del coche, sigilosos, autoengañándonos de que nuestro sigilo serviría de algo… Andamos unos cuantos metros por el camino con el propósito de acercarnos algo más. Cuando la suela de nuestras botas cruzó un puñado de micras la línea que separaba camino y cultivo, las más de tres docenas de avutardas emprendieron un corto pero seguro vuelo a una parcela cercana, pero algo más lejana. Y así fue como terminó nuestra excursión improvisada.


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28 enero 2013

Cormoranes en la niebla

Algo de frío, algo de nieve y algo de niebla. Fue el trío de obsequios con el que nos recibió la humilde laguna de Tamajón, desconocida hasta la fecha por los cinco que nos encontrábamos ayer en su orilla y apuesto que bastante frecuentada por los otros cinco que estaban en la margen enfrentada.

Al poco de llegar, los cantos de sirena empezaron a embaucarme, no sé si provenientes de mis circuitos neuronales o del maletero del coche... Hora de sacar el pepino, como le llamamos en familia, o la holoturia, como le apodé en este rincón.


Cinco fantasmagóricos cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo) posados en unas ramas se hacían un hueco entre la débil niebla, aunque uno se cayera de la foto. Todos ellos, sin embargo, demasiado lejos. ¡Qué contrariedad! Si estuvieran más cerca... Dejándome llevar por mi capricho, bordee la orilla dispuesto a romper el equilibrio del cinco frente a cinco.


No voy a negar que, hartos de mi presencia, volaron y se posaron, volaron y se volvieron a posar, y así varias veces sin que llegaran a reposar del todo. ¡Qué despliegue! ¡Qué exhibición! Parecía aviación militar. Más que Santa Ángela de Mérici se me antojaba el día del Pilar.


Finalmente, tomaron las de Villadiego y nosotros pusimos rumbo a Valverde de los Arroyos.

14 diciembre 2012

El tizón nini

Unos días de después de conocer a la familia de colirrojos tizones bubillos, tuve el placer de ver a otra de origen cántabro. Una madre y su polluelo protagonizaban una tierna escena en la que mamá, algo harta del pequeño, soportaba impasible los graznidos del retoño.


Y es que, el joven colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros), ya talludito, parecía vivir a la sopa boba y ser fiel estandarte de la generación “nini”. Aunque quizás su futuro esté en las pasarelas porque posar posaba como nadie.

 
A mi juicio, no le había faltado de nada al muchacho. No era difícil imaginarse a la madre de aquí para allá, presurosa, para alimentar a su hijuelo. Haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa... Hasta levitar la vi.


 
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11 diciembre 2012

Los colirrojos bubillos

Y a la boda de Willy Wonka le siguió una luna de miel que espero que encuentre pronto su hueco en este rincón... Mientras tanto, desempolvo un trío de entrañables fotografías de una familia bubilla de colirrojos tizones (Phoenicurus ochruros). Aquella tarde de julio…

Como iba diciendo, aquella tarde de julio, nos encontrábamos en la cocina cuando un piar llamó nuestra atención. Desde la ventana podíamos ver cómo un pollo de colirrojo tizón se había metido en la nave.Posado sobre una sencilla mesa de conglomerado, no tenía prisa ninguna en irse. Cuando me acerqué, cámara en mano, comenzó a revolotear de un lado a otro. De una estantería a una desgastada silla de oficina, de una pila de cajas a un viejo avión remodelado.


Finalmente, pudo encontrar la puerta de salida y, ya en el corral, se encaramó a unas tejas. Estuvo en ellas largo rato, mientras continuaba llamando a sus padres. La estampa quedó finiquitada cuando ambos entraron en escena. Primero lo hizo la madre. Después, un padre atestado de larvas para su pequeño. Y así terminó una historia que no tardaría mucho tiempo en tener su secuela…



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