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02 diciembre 2011

La locura de no obtener colonias hermosas

Me contaba el otro día Petri D. “la Hermosa” que en cierta ocasión inventé un chiste. No la creí pero así había sido. Y era bueno… O al menos muy friki. Un muestra más, de nuevo, de la locura derivada de trabajar en un laboratorio.

22 agosto 2011

El misterioso episodio de la cola embrujada

El genotipado de los ratones conllevaba que Mr. Diógenes bajara cada semana o quince días al animalario. Sin embargo, en los tres años que llevaba haciéndolo, jamás le había pasado lo que sucedió aquel día… Jamás.

Aquel día, como tantas y tantas veces, Mr. Diógenes se sentó en un taburete frente a la campana de flujo. Segundos antes, había colocado en ella la jaula con los pequeños roedores. Dispuso varios tubos eppendorf en una gradilla azul y rotuló las tapas debidamente. Un instante después, cogió al primer ratón por la cola, lo identificó y cortó el extremo del citado apéndice con las tijeras. Con unas pinzas, tomó la sección y la depositó en el eppendorf correspondiente. Repitió la misma operación dos veces más. Mr. Diógenes no contaba con la sorpresa que le tenía reservada la penúltima de las cinco colas a cortar...

Todo parecía ir bien. Nada hacía presagiar lo que estaba a punto de acontecer. Metió la mano en la jaula, cogió el cuarto ratón, lo identificó, cortó el extremo de su cola y tomó la sección con las pinzas. Dirigió las citadas pinzas hacia el eppendorf correspondiente y las abrió. El frío metálico de la campana pareció congelar el tiempo... Inexplicablemente, la cola se detuvo en el aire ante el asombro de Mr. Diógenes. El apéndice parecía desafiar las leyes de la física. Parecía tener vida propia. De repente, la díscola cola comenzó a moverse muy lentamente, como si quisiera que Mr. Diógenes se deleitara con tal embrujo. Y ante sus atónitos ojos, la magia cesó súbitamente y la cola se precipitó en uno de los agujeros de la gradilla. Quizás decidió postrarse finalmente ante la ley de la gravedad; quizás se cansó del efímero espectáculo paranormal que había protagonizado.

Tras algunos golpes de segundero, Mr. Diógenes reaccionó, tomó la susodicha cola y apresuradamente la colocó en el tubo que la correspondía. Cerró el eppendorf y se convenció de que lo sucedido se debía al flujo de la campana... Se convenció aunque supiera que nunca le había pasado, aunque estuviera casi seguro de que nunca más le volvería a pasar.


24 marzo 2011

Sin pene ni gloria

Mr. Diógenes llevaba ya, por aquella época, dos años y medio encargándose de aquellos asuntos de laboratorio relacionados con el animalario, amen de otras muchas cosas.

Una mañana, salía del quirófano del animalario, donde había estado perfundiendo unos ratones junto a una vieja conocida, la estresada señorita Muffin, cuando se encontró con Mr. Pyjama, integrante de la plantilla del animalario. Mr. Diógenes no entendió muy bien por qué Mr. Pyjama aludió, en la breve conversación, a un cruce de ratones que nuestro protagonista había puesto dos días antes. No habría descendencia. No habría crías. Mr. Diógenes, desconcertado, no alcanzaba a entender tal predicción. Mr. Pyjama, a su juicio, pecaba de agorero.

Poco duró el suspense. Sólo bastó una frase. La demoledora aseveración de Mr. Pyjama convenció a Mr. Diógenes, le estremeció. Sorpresa, dolor, divertimento. Mr. Diógenes no sabía qué sentía. No habría descendencia. No habría crías. El pequeño semental carecía de pene. Al parecer, sus antiguos compañeros de jaula se lo habían cercenado.

Al día siguiente, la hembra ya disfrutaba de un nuevo compañero sentimental y éste de ella. Parecía no recordar que horas antes compartía su vida con un roedor desmembrado. Parecía no recordar que mantuvo una fugaz relación, casta y pura, que pasó a la historia casi de puntillas, sin pene ni gloria.

10 julio 2010

Los entes de Haircut

No era el único... Nuevas instantáneas enviadas por la señorita Haircut en la tarde del ocho de julio demuestran que el misterioso ente biofluorescente, fotografiado tres días antes, comparte protagonismo con otras formas similares. Ya no cabe duda alguna: se trata de seres vivos. Sin embargo, siguen siendo un puñado de microorganismos carentes de identidad. La incógnita vuelve a reavivarse... ¿Qué son los entes de Haircut?



Entrada relacionada: El misterioso ente biofluorescente

09 julio 2010

El misterioso ente biofluorescente

El lunes pasado, la señorita Haircut me envío una fotografía que había hecho en el microscopio de fluorescencia...

Aquella mañana del 5 de julio, Haircut estudiaba atentamente sus secciones cerebrales de ratón cuando descubrió algo inesperado que pronto tornó a enigmático… ¿Qué es lo que había fotografiado? ¿Un ser vivo? ¿Algo inerte? El extraño ente era biofluorescente, de eso no había duda, pero, ¿qué era aquello? Para identificar el raro espécimen se optó por llevar a cabo una minuciosa búsqueda en la red, búsqueda que resultó ser del todo infructuosa, un callejón sin salida…

Hace ya casi cien horas que nació este misterio y aún nadie le ha dado respuesta. Mucho me temo que incontables serán los días que permanezca sin ser desvelado. Buscamos ayuda. Buscamos saber qué fue lo que descubrió la señorita Haircut en una de sus secciones...



Entrada relacionada: Los entes de Haircut

09 mayo 2010

El ratón que quería ser jabalí

Acababa de comenzar la primavera cuando la señorita Muffin tuvo que comenzar un nuevo experimento con ratones (Mus musculus). Los colocó en un artilugio, cual torturadora medieval, y les inyectó una toxina en el cerebro. Cada día, a partir de entonces, les inoculaba otros compuestos y les observaba detenidamente. Y así fue día tras día durante varias semanas.

Cuando, previamente, la señorita Muffin eligió a sus pequeños voluntarios, lo hizo en función del peso. Tan sólo rechazó a uno. Al parecer, no daba la talla en la báscula.

Cada mañana, mientras Muffin pinchaba a sus ratones, podía advertir como perdían algo de peso. Enigmáticamente, lejos de ganar gramos, nuestro diminuto protagonista adelgazaba más que el resto. La razón era evidente pero la estresada Muffin no tenía tiempo para él.

El último día del mes de abril, la señorita Muffin se reunió con todos sus compañeros en quirófano. Era la hora de sacrificar a sus pequeños roedores. Uno tras otro fueron pasando por la mesa de perfusión. Al coger al último ratón, a nuestro amigo, Muffin quedó sobrecogida al darse cuenta de qué le había estado ocurriendo durante todo aquel tiempo. No podía alimentarse bien, no podía comer. El roedor parecía sacado del imaginario popular. Había deseado convertirse en un jabalí, en una morsa, en un mamut o en Dios sabe qué animal mitológico. Se había convertido en la víctima de su anhelo. Sin embargo, de quien se convirtió realmente en víctima fue, como el resto, de la estresada señorita Muffin.