Hace un par de semanas hicimos una pequeña escapada a Barcelona. En la Rambla de Mar y en el Maremagnum pudimos ver varios ejemplares de gaviota reidora (Chroicocephalus ridibundus, antes Larus ridibundus) con diferentes plumajes.
En esta primera fotografía, podemos ver a un juvenil disfrutando de su primer invierno de vida. Sus plumas posteriores pardas lo delatan.
En esta otra imagen, tenemos a un individuo adulto con su plumaje de invierno. Parece que ve aún precipitado mudar su aspecto níveo.
En la última instantánea, posa otra reidora adulta. Sin embargo, en este caso presenta la caperuza color chocolate característica del plumaje estival. Se trata de la imagen de la nueva temporada.
Forman parte del primer escuadrón defensivo de nuestro organismo y no se andan con chiquitas. Los linfocitos NK (del inglés, “natural killer”) tienen como misión eliminar a aquellas células que sean peligrosas, ya sean células tumorales o células infectadas con virus o bacterias. Para ello, las células NK contactan con sus objetivos y establecen una sinapsis de tipo inmunológica. Acto seguido, liberan sobre ellas moléculas citotóxicas para aniquilarlas. En algunos casos, las células diana escapan. Es entonces cuando las NK recurren a su plan B.
Científicos londinenses han podido comprobar cómo nuestras amigas son capaces de desarrollar una especie de finas prolongaciones a partir de su membrana citoplásmica, denominadas nanotubos. Como si emularan al conocido Inspector Gadget, las NK captan con sus gadgetobrazos a las células huidas y parece ser que también serían capaces de destruirlas a distancia. Entender las claves de este curioso mecanismo podría quizás ayudar, en un futuro, a reforzar la respuesta inmune de los linfocitos NK en determinados casos.
Érase una y mil veces, una legión de retrovirus que infectó a nuestros ancestros. Para poder replicarse y formar nuevos nanoejércitos, se hizo preciso que su material genético se incorporara a nuestro genoma. Las copias generadas se encapsularon dentro de envolturas proteicas, liberándose millares de unidades víricas a los extramuros celulares. Así fue durante millones de años y así seguirá siendo si esta estrategia continúa suponiéndoles una ventaja evolutiva y nuestras células no encuentran modo de evitarlo, tarea nada baladí. Valga el caso del virus de la inmunodeficiencia humana.
Muchos son, por tanto, los retrovirus que nos han invadido a lo largo de nuestra historia evolutiva. Muchas, también, las copias perdidas que quedaron diseminadas a lo largo de nuestro genoma, tras la marcha de estos y otros tipos de virus. Cicatrices moleculares con genes víricos que, en algunos casos, resultaron ser provechosos con el paso del tiempo.
Alojado en el séptimo cromosoma, el gen de la sincitina-1 codificó antaño para una proteína de la envoltura de un retrovirus. El destino le tendría reservado, entre otros menesteres, convertirse en uno de los genes esenciales para el desarrollo de la placenta humana. No trabaja solo. Al menos otros siete genes de herencia vírica juegan también un papel importante en la formación de dicha estructura.
Por otra parte, algunos de estos antiguos centinelas parecen querer rememorar aquella época gloriosa en la que estuvimos a su merced, bajo su imperio dictatorial. El gen de la beta-globina, componente de la famosa hemoglobina, es uno de los numerosos vasallos regulados por una de esas copias de la vieja guardia.
Infantes de otra era; secuencias fósiles que se aplicaron el cuento aquel de renovarse a morir. Y nosotros, encantados.
Me llega hoy una fotografía, vía correo electrónico, de un zorzal, yo diría que común (Turdus philomelos), que creo que merece ser publicada. Los varios metros que separaban a la intrépida fotógrafa, ventana de por medio, del túrdido que se paseaba alegremente por el Real Jardín Botánico Juan Carlos I (Universidad de Alcalá) no le han impedido tomar la instantánea, a pesar de contar tan sólo con una cámara compacta. Me consta que la autora de la imagen no goza completamente del usufructo del equipo de digiscoping que posee su compañero sentimental debido a la avaricia ornitológica que inunda al susodicho en sus salidas al campo. De vergüenza.
Pues sí... Ya tenía yo ganas de hacerle una foto al petirrojo (Erithacus rubecula) y ayer, por fin, se me presentó la ocasión. Lástima que estuviera algo lejos...
Valgan estas dos instantáneas para declarar inaugurado el año en este rincón.
Hace exactamente dos semanas estaba terminando de preparar el macuto para irme a Santoña con un par de amigos. La excursión estaba organizada por el colectivo SEO Monticola. Los Collados del Asón, Santoña, la bahía de Santander, Cabo de Ajo y las Hoces del Alto Ebro fueron los platos fuertes de esta empresa bien organizada en la que el número de especies de aves avistadas rondó el centenar. Podeis encontrar más detalles del viaje en la fabulosa crónica que ha sido colgada en el blog del grupo ornitológico Aegithalos. Os dejo con un videomontaje para ir abriendo boca.
Asuntos de palacio nos llevaron el domingo pasado a la villa de El Escorial. Cumplido el objetivo que nos habíamos propuesto, pusimos rumbo hacia Robledo de Chavela. En nuestro trayecto por la M-512, pudimos tomar contacto con el paraje de los "Encinares de los ríos Alberche y Cofio", entorno perteneciente a la Red Natura 2000.
Poco después, comiendo ya nuestro bocata, disfrutamos viendo como los rabilargos (Cyanopica cyanopica) cruzaban de uno a otro lado de la carretera, de encina a encina (Quercus ilex), de retama a retama (Retama sphaerocarpa). Aunque algo desenfocado, pudimos captar a uno de estos córvidos, cuando hizo una breve parada en unas ramas secas.
Hace una semana, hicimos una excursión a la laguna de Gallocanta (Zaragoza-Teruel). El fuerte viento dominical y otros contratiempos nos pusieron las cosas difíciles a la hora de observar aves con el telescopio.
Gallocanta y otras localidades circundan esta laguna endorreica en la que, en algunas zonas, un cordón de carrizo ejercía de frontera insalvable entre nuestro ojo y el personal emplumado. En otras, una zona de desierto fangoso bordeado por rosados matojos halófilos ostentaba idéntica función.
Como no podía ser de otra manera, las grullas (Grus grus) fueron las protagonistas del día. Entre las fotos que hicimos, una tiene cierto carácter artístico…
La laguna estaba repleta de otras aves, principalmente anátidas. Pudimos ver ánade real (Anas platyrhynchos), cuchara (Anas clypeata) y tarro blanco (Tadorna tadorna). Cuelgo una instantánea en la que salen ejemplares de éste último. Poco más se pudo conseguir ya que, entre la gente que correteaba y el vendaval que se declaró, el observatorio en el que nos encontrábamos parecía la casa de “Poltergeist”.
Al término de la jornada, un grupo de avefrías (Vanellus vanellus) se dejaron fotografiar. De poco sirvió el ingenio frente al fortísimo viento que no nos permitió ni sacar el telescopio del coche. Una foto y gracias.
El preludio de dos gripes provocó que abandonáramos el paraje antes de que llegara el ansiado momento en el que miles de grullas regresaban a la laguna al atardecer. Fuimos testigos mientras avanzábamos por la carretera. Lo pasamos bien pero todo se torció. Otra vez será.
Equipo: Nikon Spotting Scope RA III 82 WP Ocular Nikon Spotting Scope WP 20-60x Zoom DS Nikon Coolpix P5100 Adaptador Nikon FSB-6 Canon IXUS 80 IS
Era el principal sospechoso… Muchos pacientes con trastornos relacionados con la capacidad de locución tienen disfunciones en el gen Foxp2. Estaba en el punto de mira.
Investigaciones recientes han concluido que la proteína generada a partir de la variante humana de dicho gen actúa como un interruptor molecular que controla la expresión de más de un centenar de genes, activándolos o inhibiéndolos. Tal orquesta deriva en un patrón de expresión génica que se comporta como los cimientos moleculares sobre los que se asienta la capacidad de comunicación verbal de nuestra especie.
En el genoma de otros primates, Foxp2 también está presente. Sin embargo, estos animales carecen de dicha capacidad. La clave se encuentra en la secuencia génica de Foxp2. En la especie humana (Homo sapiens) el gen está mutado, generándose una proteína que varía en dos aminoácidos, respecto al péptido original. Cuando se produjo la mutación, hace medio millón de años, nuestra variante mutada pasó a intervenir en los procesos de cognición y de motricidad, así como en el desarrollo cerebral, facial y faríngeo. Se produjo, en definitiva, un caldo de cultivo que hizo germinar nuestra capacidad lingüística. Sin embargo, Foxp2 no fue la única pieza en este rompecabezas evolutivo. El gen requirió de la colaboración de cómplices.
Foxp2 es un gen que nos permite explicar la paradoja de por qué los genomas de especies muy diferentes resultan ser similares al secuenciarse. Supongamos que dicho gen, o cualquier otro, actúa sobre un número arbitrario de genes, constituyendo éstos una imagen a modo de mosaico. El patrón de expresión forjado podría generar diferentes figuras, diferentes respuestas, en función de quién lleve la batuta. Al fin y al cabo, la riqueza de los genomas no sólo reside en el número de genes y de variantes de éstos que alberga sino en cómo interactúan entre sí.